El esparto

Maestros

Desde aquí mi gratitud con los maestros que me han enseñado el arte de tejer el esparto. Es verdad que en la tradición hay una transmisión que tiene lugar en el inconsciente colectivo, pero con frecuencia, esta entrega del saber tiene nombres y apellidos. De modo que, estos son los rostros de los maestros: Pedro, Antonio, Paco, Eloy, Paco, Custodio, Manuel, Victoria, Florencio y Loreto que me han entregado su saber, y con él su sabiduría.

Esta página quiere tener presente a Pedro Ortiz Mármol que me enseñó los rudimentos para la confección de la pleita. Apenas con siete u ocho años, cuando casi no le abarcaban las manos, ya empezó a trastear con el esparto. Y cómo no, a mi gran maestro, Antonio “Capel”. ¿Quién no le conoce en El Campo de San Juan? ¿Quién no sabe de su paso por el rastro que ha ido dejando en el camino? ¿Sus pistas? Capazos, paneras, barjas, capazas, alfombras, baleos... y un espíritu amable, cordial. En mí deja otra huella más profunda a partir de los innumerablesencuentros que la Vida me ha concedido tener con él. Me queda el regalo de su paciencia permanente, de su meticulosidad inquebrantable. Gracias por el regalo, Antonio.

Me será difícil olvidar a Manolo «El Ventero», de Bullas; brevísimo encuentro en el que me enseñó a hacer meloneros y me transmitió una labor que ya me había resignado a dar por perdida, el soguillo de 8 ramales. Juan, «El Sargento», también de Bullas, me ayudó a terminar la labor de cordelillo que comencé con Miguel en El Esparragal. Margarita me ha aportado el comienzo y el final de la labor de cofín.

Forma parte también de mi limitado acervo artesano lo que he aprendido en el encuentro con Paco de Jumilla. Se trata del punto de colmena y también un detalle interesante a la hora de coser la barja u otra labor ovalada: ir escondiendo el hilo en las primeras puntadas. Con él retomé el punto de cofín. El encuentro con Pedro José, de Albacete, ha sido muy agradable y rico en conocimientos. Él me ha mostrado varios detalles de esos que sólo conocen los viejos del lugar, como Paco -de Jumilla- y que únicamente a ellos les está conferido ese derecho, más que nada porque así lo ha decidido la escuela de la vida. Gracias a él conozco el punto de la garibola así como algo más sobre los soplillos y el punto de colmena. Con Paco -de Mazarrón- pude ver otro modo de conjugar los ramales de la pleita y dibujar otras espiguillas en el tejido. Gracias por estar ahí, Paco. Siempre hay alguna labor que pareciera estar perdida en el tiempo y en el espacio. Pero bueno, en algún momento llega la ocasión y aparece en mi camino. Agradezco la presencia de Custodio -Albacete- en mi vida y con el que he aprendido a tejer el recinchillo de un modo limpio y fino.

esp-arte: Esparto -fibra natural, silvestre- y arte -arte de hacer, de vivir con gusto y armonía la Vida-.

Pedro es un aldeano que vive en el Campo de Lorca. Aunque es joven no perdió el tren de la artesanía cotidiana. Esta era una necesidad impuesta por el día a día. Justo es decir que no siempre le trae buenos recuerdos este quehacer. Su infancia fue rápida pues las necesidades familiares eran muchas. Apenas con 7 años caminaba ya con las cabras delante de él. Pastor muchos años, al tiempo que cuidaba el "ganao", iban saliendo de sus manos las sogas para atar a los cerdos (las cuales se comían ellos mismos), los recinchos de las albardas que se rompían, las pleitas de los capazos quebrados por el trajín diario con patatas, estiércol, tierra... y las "aguaeras" de las cántaras para ir a coger agua todos los días. ¿Cuándo la escuela? Pues ya de mayor, a la caída de la noche en la casa del maestro Calleja, cuando todo estaba ya arreglado en la casa y la oscuridad imponía el descanso. Entonces, a la luz del "gas" (petróleo o queroseno, quizás) empezaba a repasar la "a", la "m"... y no en folios precisamente. El repaso de las lecciones que le daba su padre lo hacía en el papel de los envoltorios del chocolate de algarroba que comían; ahí recordaba sus trazos y se entrenaba.

Pedro es un puente importante entre los últimos campesinos de entonces y las primeras generaciones actuales de ahora.

Persona apasionada por aprender, se ha convertido en un experto conocedor de todas las plantas de la zona así como de los minerales de la Región de Murcia y de parte del mundo (y no es exagerar). Mención especial para la tarea que realiza de folclorista en los pueblos vecinos. Y por supuesto, la huerta en la puerta de su casa, eso que no falte.Pedro es mi primer maestro y la huella de lo primero suele dejar una marca indeleble. Fue allá en el año 1990 cuando caminábamos por la Sierra de Yegua Blanca. A partir de entonces la relación ha sido muy estrecha y cercana con él. Gracias, Pedro, por aquella primera

paciencia y todas las atenciones que tenías cuando forrábamos las garrafas antaño. Gracias a ti y a tu trabajo es posible que aún no veamos desaparecer esta artesanía tan singular y tan arraigada en nuestra tierra murciana.

¿Qué más se puede decir de Antonio que no diga su presencia? Verdaderamente soy afortunado al haber podido conocer a personas como Antonio. Son personas de "otro mundo". ¡Qué saben ellos de internet y de los móviles! ¿Para qué tanto si a veces nos deja tan poco caldeado el espíritu? ¿Para qué tanto si a veces tenemos seco lo que verdaderamente importa? A Antonio no le hace falta ningún móvil para comunicar-se. Su presencia es una Comunicación.

No es artesanía sólo de esparto lo que hace Antonio; es artesanía de la vida lo que he aprendido de él. El esparto es sólo una excusa en su vida para entregarse, para amar la sencillez y el silencio. Antonio ya no puede hacer las labores de esparto que tanto le han acompañado en su vida, pero, ¡qué más da!. Ahora está aprendiendo a vivir en silencio y en quietud (¡aún nos queda a nosotros mucha tarea!). Vas por delante en finura, Antonio, como cuando en tus tiempos hacías las labores cotidianas de esparto tan cuidadas y acariciadas por el esmero.

Sus manos ya no le responden -como él dice- y esto es duro. No olvidaré el último día que Antonio pudo coger los "esparticos" para enseñarme una vez más. Y es duro,

si cabe, más para nosotros que para ti, Antonio, pues no podemos verte trabajando cadenciosas tus manos menudas. Era para mí un tiempo musical el verte trabajar y ¡cómo recuerdo esos momentos!

Tuve la dicha fortuita -como todos los regalos- de conocerlo en la primavera de 1997. Fue en "El Campo de San Juan" (noroeste murciano), donde ha vivido siempre. Desde entonces, la relación con él ha sido muy estrecha hasta hoy, con sus 93 años a las espaldas. Es pequeño, menudo, pero en espíritu es grande. En su conversación no hay pliegues, no hay vericuetos; es rectilíneo, llano, como su misma estampa. Ha hecho de todo, ha regalado todo lo que sabe. Hombre puro de campo, era el que cortaba el pelo, ponía inyecciones, y trataba de salir al paso de las necesidades de sus vecinos. Hasta llegó a sacar de un apuro al encargado de la obra cuando trabajaba en Madrid; se subió a lo alto de la grúa porque se había enganchado el cable. No se paraba ante nada, no "atrancaba" como decimos por aquí.

¡Ójala tu presencia, Antonio, nos ayude a todos a hacer este mundo más humano y vivible! Gracias por el encuentro contigo, Antonio.

Hoy, como cada día, me he puesto a tejer la pleita... Lo hacía como me enseñaste tú, Antonio. Recordaba aquellos días en que me llegaba tu vida y tus mensajes sin palabras, como se teje la vida sencilla y honesta de una persona. Hablabas poco… lo justo para que pudiera aprender todo lo necesario. Lo demás sobra. ¡Qué buena escuela de primor y paciencia a tu lado, Antonio!

Algo por entonces me decía que estaba ante una persona de gran calidad humana. Nunca entenderá mi cabeza bien aquel día en que un hombre del campo, “poquicacosa”, me daba la “licenciatura” en el tejido del esparto. Me acuerdo hoy como si fuera ayer cuando me dijiste: “Tú ya no tienes que venir aquí pa ná”. La cabeza no lo entiende pero sí el corazón. ¡Qué grandezas tiene la vida y cómo para ver sólo hay que mirar con el corazón!. Un hombre sin estudios ni escuela primaria le da la autoridad a otro que tiene “estudios y esas cosas”. No sé si me encontraré alguna situación similar pero me cuesta creerlo Antonio.

Ha sido una Gracia tu vida, Antonio. Doy gracias a Dios por la bendición que he recibido contigo y que sin duda seguiré recibiendo.

Hoy vivo soledad y responsabilidad. Soledad de una mano que ya no puedo tocar y responsabilidad de poder siquiera llegar a la mitad de tu estatura, sencillo y menudo como eras. Pero sé que me queda lo mejor: tu alma de persona buena y limpia.

Siempre en mi alma, Antonio. († 29 de marzo de 2007)

Jesús María.

Paco es un buen hombre. Le ha hecho la Vida y la tierra en los campos de Murcia, en compañía de su mujer, Pilar. Después de estar toda la vida trabajando en el campo como pastor y agricultor, en el momento de jubilarse a los 65 años decidió poner en juego lo que sabía sobre el esparto. Y todo simplemente porque se resistió a que el tiempo pasara por encima de él. Seguramente pensó: "ahora me toca a mí decidir lo que hago", y se puso manos a la obra.

Después de tratarle la primera jornada, no sé si es más lo que sabe del esparto o lo que sabe de la vida. Tiene en sus huesos la marca del campo, del monte, del propio esparto. Tiene sus raíces ancladas en la tierra, como el pino de su casa. Paco es un aldeano de raza. "No sé cómo hemos dejado perder esto. Era nuestra vida y nos libró de pasar mucha hambre. Con el esparto podíamos comer todos los días. Tenemos que pensar bien lo que estamos haciendo".

Esparteñas ("alborgas"), sogas, cofines, capazos, garrafas, serones, aguaderas, alfombras, barjas... y hasta la ropa para vestirse. Los carros, en tiempo de frío iban envueltos materialmente en esparto rodeando la caja donde se ponían las personas. El esparto era todo, "nos protegía del hambre y del frío".

Al final del trabajo diario, a la luz de los candiles -antes- y después a la luz del carburo, se terminaban las labores deterioradas en la jornada y las que se necesitarían para mañana. Al tiempo, en la penumbra de la noche se perfilaban las relaciones humanas al calor del hogar.

Amigo-a lector-a, no estás en una novela, estás en las entrañas de una de tantas personas que han vivido esto y dan fe de lo que nos transmiten.

Paco entretejiendo... en un "Rincón de la historia".

Eloy. La Vida tiene siempre algo de inefable y Misterioso. El encuentro con Eloy me confirma esta sospecha mística que ronda por mi alma cuando voy de pas después de tantos amaneceres y tantas lunas. Dar con gente como Eloy y Adolfina le remite a uno de nuevo -y otra vez más- a la frescura del espíritu humano libre. Y libre porque decide ser bueno por pura Gracia y por pura libertad. Aunque viven en las Cuevas del Ciego [Gor-Granada] y Eloy mismo ha perdido un ojo por desprendimiento de retina, su mirada es limpia y es larga. Saben mirar con los ojos del corazón. La bondad de sus palabras y de sus gestos es todo un Acontecimiento sobrecogedor. «Siempre me ha gustao de ayudar; estoy aquí pa lo que pueda hacer...»

Llegué a media mañana un 16 de mayo; el porte sereno y cadencioso de su andar ya presagiaba algo grande. Adolfina estaba siempre al lado, atenta para lo que hiciera falta. Enseguida comenzamos a hablar el mismo lenguaje, yo claro, como el aprendiz artesano de la pleita y de la Vida; ¡Ojalá pueda yo llegar a su mitad de estatura, Señor!

A mi pregunta de si siempre han vivido en la cueva no pude preguntar más aclaraciones; enseguida contestaron los ojos y el rostro antes que la boca (delante de mí la imagen clara y límpida de Dersú Uzalá): Yo, gracias a Dios siempre he querido a la gente, siempre me han querido, aquí tengo mis tierras, mis animales, mi gente... lo tengo todo y no necesito más...

Tuve, en fin, la dicha de aprender un comienzo de pleita que destila algo más que belleza. Destila armonía y finura rural, toda una lección de diseño y estética afilada con primor. Y no sólo esto, también pude aprender a tejer una pleita de 35 ramales con una hechura limpia que aúna arte y arquitectura inteligente, sin duda un modo de hacer verdaderamente nacido de la tierra que pisa Eloy. Tierra que seduce y alimenta su alma generosa y cristalina. Tierra que es... el Regalo.

Gracias Eloy por tu sabiduría, tu paciencia y tu estampa luminosa.

Paco. Mazarrón vio nacer a Paco en el año 1926. Nació de la tierra y para la tierra. Ya desde entonces comenzaba a tejer las hondas para guiar a las ovejas cuando se distraían. La agricultura ha sido su maestra; a ella ha dedicado gran parte de sus esfuerzos y desvelos.

Con el correr del tiempo fue necesario tejer uncieras, cejás, ramaleras, "aguaeras", capazos, garrafas y toda suerte de aperos propios de las faenas del campo.

Cuando la edad laboral pareciera que sumara y sumara cuentas es entonces cuando se va espabilando la vena artesana de Paco, dormida ésta por las circunstancias y exigencias mayores. Ahora con más tiempo es cuando toda su capacidad de trabajo creativo se pone en marcha y teje, casi sin descanso, sus labores preferidas de pleita, labor capital en el esparto. Sin pretenderlo se va corriendo la leyenda de "El marqués de la pleita"

Y vuelve de nuevo a sorprenderme la Vida con almas tan generosas como Paco y Josefa; "Por si no lo sabían y para lo que necesiten, hagan cuenta de que aquí han encontrado una familia". Esto no es normal. Paco y Josefa parecen de otro siglo lejano al siglo XXI. Al principio me desconcertó la bienvenida que nos dieron. Pero por si tenía dudas me lo aclaró el devenir del día. En algunos momentos no sabía si era yo el alumno o el maestro. La humildad de Paco era sorprendentemente discreta y reservada. Parecía que estaba siempre por el lado, como si no fueran suyas las piezas que nos mostraba y que le han castigado tanto los dedos. Pues sí, Paco, es otra suerte del Cielo. Es una gracia poder tener la dicha de convivir un día tan hondo que ciertamente sabe a poco. Gracias por su persona y su alma tan generosa, Paco. Es una ensenada de paz haberte conocido.

Custodio. Gracias de nuevo a la Vida por tanto regalo en la persona de Custodio y de María. De nuevo me encuentro a la orilla del camino con dos personas buenas y necesarias. Nos encontramos en Albacete y la jornada fue entrañable. No son palabras huecas y los hechos lo demuestran: la comida de dos se convirtió en comida para cinco. Sin ser muy pretenciosos, pero ajustándonos a la realidad, el milagro del encuentro se dio; tampoco hubo que recurrir a ninguna magia. La comida fue sencilla y de la tierra, como es el mismo esparto rudo y silvestre que nos unió. Quizás porque el esparto ofrece encuentros, da calor, une e hilvana desde el silencio almas ancladas en lo más hondo de la tierra. Cada día experimento más que en el tejido del esparto estoy tejiendo mi alma en el encuentro con personas como Custodio y María.

Custodio pasó hace tiempo los 70 años pero está dispuesto a "seguir aprendiendo" según sus propias palabras. ¡A nosotros es a los que aún nos queda por aprender bastante, Custodio! Aún nos tenéis que enseñar mucho -y no precisamente esparto-. Ahora mismo quedáis muy pocos de los que aprender bondad, sencillez, honestidad...

En fin, esto es así y no hay mucho más que añadir si no fuera porque Custodio es también un maestro en el "recinchillo". Asombra en gran medida el primor y delicadeza con que teje esta labor que muy poca gente conserva y elabora.

Gracias Custodio por estar ahí. Gracias María por estar al lado de Custodio apoyando y favoreciendo que este tesoro que guardáis se mantenga vivo en la tradición artesana del esparto.

Manuel. Hace tiempo que aprendí el tejido en peine pero no recibí con precisión detalles de esta labor. El encuentro con Manuel me ha facilitado mucho esto gracias al trabajo de campo de Carlos.

Manuel Lores Segura es un hombre sencillo que vive en la provincia de Almería rodeado de su familia. Desde siempre ha trabajado el esparto por necesidades de la vida ganadera que llevaba. Los enormes rebaños de ovejas o cabras le exigían aperos de esparto para el trajín diario. Al mismo tiempo, las jornadas en el campo entre el ganado le permitían el tiempo para ir hilvanando las pleitas y soguillos que demandaban los quehaceres domésticos.

Trabaja muy bien el tejido en peine y ha conseguido evitar la pérdida en el olvido de esta paciente y peculiar forma de tejer el esparto, muy similar al tejido de otras fibras vegetales como el mimbre, aunque con sus variantes correspondientes.

Gracias Manuel por la paciencia de aquella calurosa mañana de julio en su rincón perdido andaluz. Nada me faltó en esa jornada, ni siquiera el matiz pedagógico cuando, después de un rato de encuentro presenciando su trabajo y a una de mis preguntas contestó: No te preocupes, si ahora te toca a ti comenzar. Bien sabe él que es la mejor manera de aprender; hacer. En medio de nuestra atolondrada vida es una suerte poder recibir todavía gracias de personas como Manuel. Gracias Manuel.

Victoria.Faltaba alguna mujer en esta memoria y me agrada mucho que sea Victoria (Victoria García Moreno). Me agrada porque, siendo castellana como yo hace que me reencuentre de algún modo con mi tierra. La vitalidad que transmite Victoria es desbordante. Vuelvo a casa con una cierta sensación de que vivimos a menudo en la superficie. Vuelvo después de haberme encontrado de nuevo con la España profunda, esa España que pareciera vivir al margen de la historia.

Tan Profunda es Victoria como su querido Liétor, a medio camino también entre el valle del río Mundo y la Atalaya del pueblo, suspendido ahí, en sus farallones.

A Victoria le define su pasión. Aprendió a tejer los cofines con 12 años cuando el señorito de la almazara contrató a un hombre de Mula para que aprendieran las mujeres letuarias. Con 14 años ya era cofinera en plantilla interina, como dice ella. Su primer teléfono móvil fue un cofín bien hecho que la licenció. Después, las necesidades familiares la alejaron del trabajo y se centró en su familia, en sus hijos-as.

La misma pasión le movió con 70 años a retomar el esparto a más de otros inumerables trabajos de artesanía (pintura, decoración, manualidades). Es la artesanía del esparto lo que más le ha cautivado. Dice ella que no rendía y entonces le pusieron en los mazos -terribles por su peligro- para ser más "rentable". Como todo en la vida depende del ángulo desde donde veamos. Es pausada pero atenta y cuidadosa; sus labores la delatan. Meticulosidad y esmero son la otra cara de la moneda mercantil y productivista. De hecho nos ha enseñado la diferencia entre el tejido "parao" y el tejido "embutío".

Gracias Victoria por tu acogida, por tu atención y por tu entrega.

El encuentro con Florencio no ha hecho sino confirmarme que la vida tiene algo de incomprensible. Por más vueltas que le demos siempre faltan razones para entender la realidad. Buscaba el otro día a una persona y me encontré con otra; bueno, en realidad me encontré con dos porque Florencio vale por dos en tamaño y en generosidad. Cuando me vio olfateando por su puesto enseguida "me pilló" y sospechó que "algo" conocía el esparto. Poco a poco el encuentro fue ganando en intensidad y comenzamos a navegar en un mar conocido: el de la artesanía, tanto en sus calmadas playas como en el de sus procelosas aguas.

Florencio lleva unos años cogido por el mundillo del esparto pero su verdadero recorrido comenzó a los 10 años en la tierra que le vio nacer, La Abejuela (Albacete). En su infancia -los años 50- era algo connatural a la vida campesina dominar el esparto. La artesanía del esparto era más necesidad que artesanía. Esparteñas, capazos, serones, jarpiles, alfombras, queseras... el esparto atravesaba la vida del aldeano. Por circunstancias su padre nunca aprendió estos menesteres; curioso.

De alguna forma recayeron en Florencio de entre los seis hermanos que eran. Su madre, de vez en cuando le disuadía de aprender, pero ahí atrás estaba su padre apuntando en la sombra: "Déjalo que se enseñe que algún día le hará falta". ¡Y vaya si le ha hecho falta! Cada vez que coge un espartico coge la presencia de su madre y de su padre. ¡Quién sabe! quizás si su padre hubiera aprendido Florencio habría pasado de largo en esto. Aunque, Misterio sigue siendo y no sabemos nada de la Vida.

Ha sido un gusto las horas que hemos pasado juntos. Llama la atención la labor tan recia y sólida que teje a pesar de ser pequeña. Resulta curioso el proceso autodidacta que sigue Florencio en sus labores.

Tropezar con gente así, de campo, vuelve a ser un regalo inmenso porque nos devuelve a la tierra, al humus vital, vitalizante, regenerador. Las horas pasan sin pasar. Un tiempo que queda fuera del tiempo. Un más Allá del más acá.

Loreto. Los parajes de Cuenca son bastante fríos en invierno pero muchas gentes siguen siendo cálidas y amables como Loreto. Me ha alegrado mucho poder conocer a gente de Cuenca trabajando el esparto. Es como volver a casa, reencontrarme con mi tierra. La Manchuela conquense desafía a sus habitantes del mismo modo que el esparto desafía a Loreto en su trabajo mantenido con el esparto. Es una artesanía fina y muy cuidada que va tejiendo con esmero y dedicación. De raza le viene su maestría pues ya desde muy joven se atrevió en una pequeña y doméstica situación a mostrar su habilidad comenzando la pleita. Y además, las propias pleitas que cose con sogueta le dan un cuerpo y una consistencia destacable.

Asomarse por la puerta es ya un lujo y una bienvenida muy agradable. Las paredes del pasillo es un tapiz pluriforme de esparto con cuevanillos, baleos, cestas, canastillas, calabazas gigantes, alfombras... y la pieza más preciosa y curiosa: la sarrieta. No sé si era más bonita la pieza (relativamente fácil de tejer) o la explicación de Loreto. A media tarde y cuando su padre ya le había indicado en casa, la sarrieta se arma y se coloca para que las bestias puedan reponer fuerzas. Antes ya había servido de manta para resguardarse del suelo mientras se tomaba el almuerzo del día o la comida. Y como era precursora de lo desmontable, una vez desatada volvía al lomo de la bestia sobre la albarda. Muy ingenioso me ha parecido el proceso y enriquecedora la explicación de Loreto. El oficio de Loreto no es espartero porque nunca fue un oficio en el pueblo. Su artesanía es algo más que un oficio, es su tarea de recoger la vibración de la tierra y ordenarla cadenciosamente al calor de la lumbre en largas noches de invierno y al trajín del ir y venir de los dedos sobre los espartos que, sumisos, van dibujando su ziz-zag... Lenta, cae la gélida noche.

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