|
Los maestros
Desde aquí mi gratitud con
los maestros que me han enseñado.
Esta página quiere tener
presente a Pedro Ortiz Mármol que me enseñó los rudimentos para la confección de
la pleita. Apenas con siete u ocho años, cuando casi no le abarcaban las manos,
ya empezó a trastear con el esparto. Y cómo no, a mi gran
maestro, Antonio “Capel”. ¡Quién no le conoce en El Campo de San Juan!. ¡Quién
no sabe de su paso por el rastro que ha ido dejando en el camino!. ¿Sus pistas?:
capazos, paneras, barjas, capazas, alfombras, baleos ... y un espíritu amable,
cordial. En mí deja otra huella más profunda a partir de los innumerables
encuentros que la Vida me ha concedido tener con Él. Me queda el regalo de su
paciencia permanente, de su meticulosidad inquebrantable. Gracias por
el regalo, Antonio.
Forma parte también de mi limitado acervo artesano lo que he aprendido en el encuentro con Paco, de Jumilla. Me ha enseñado del "punto de colmena" y también a coser la barja escondiendo el punto. Me ha permitido retomar con él el "punto de cofín". El
encuentro con Pedro José, de Letur -Albacete-, ha sido muy agradable y rico en
conocimientos. Él me ha aportado varios detalles de esos que sólo
conocen los "viejos" del lugar, como Paco de Jumilla, y que
únicamente a ellos les está conferido ese derecho, más que nada
porque así lo ha decidido la "escuela de la vida". Gracias a él
conozco el punto de la garibola así como algo más sobre los
soplillos y el punto de colmena.
|
|
|
|
Pedro es un aldeano que vive en el Campo de Lorca. Aunque es joven no perdió el tren de la artesanía cotidiana. Ésta era una necesidad impuesta por el día a día. Justo es decir que no siempre le trae buenos recuerdos este quehacer. Su infancia fue rápida pues las necesidades familiares eran muchas. Apenas con 7 años caminaba ya con las cabras delante de él. Pastor muchos años, al tiempo que cuidaba el "ganao", iban saliendo de sus manos las sogas para atar a los cerdos (las cuales se comían ellos mismos), los recinchos de las albardas que se rompían, las pleitas de los capazos quebrados por el trajín diario con patatas, estiércol, tierra... y las "aguaeras" de las cántaras para ir coger agua todos los días. ¿Cuándo la escuela? Pues ya de mayor, a la caída de la noche en la casa del maestro Calleja, cuando todo estaba ya arreglado en la casa y la oscuridad imponía el descanso. Entonces, a la luz del "gas" (petróleo o queroseno, quizás) empezaba a repasar la "a", la "m"... y no en folios precisamente. El repaso de las lecciones que le daba su padre lo hacía en el papel de los envoltorios del chocolate de algarroba que comían; ahí recordaba sus trazos y se entrenaba. Pedro es un puente importante entre los últimos campesinos de entonces y las primeras generaciones actuales de ahora. Persona apasionada por aprender, se ha convertido en un experto conocedor de todas las plantas de la zona así como los minerales de la Región de Murcia y de parte del mundo (y no es exagerar). Mención especial la tarea que realiza de folclorista en los pueblos vecinos. Y por supuesto, la huerta en la puerta de su casa, eso que no falte. Pedro es mi primer maestro y la huella de lo primero suele dejar una marca indeleble. Fue allá en el año 1990 cuando caminábamos por la Sierra de Yegua Blanca. A partir de entonces la relación ha sido muy estrecha y cercana con él. Gracias, Pedro por aquella primera paciencia y todas las atenciones que tenías cuando forrábamos las garrafas antaño. Gracias a ti y a tu trabajo es posible que aún no veamos desaparecer esta artesanía tan singular y tan arraigada en nuestra tierra murciana.
|
|
¿Qué más se puede decir de Antonio que no diga su presencia? Verdaderamente soy afortunado al haber podido conocer a personas como Antonio. Son personas de "otro mundo". ¡Qué saben ellos de internet y de los móviles! ¿Para qué tanto si a veces nos deja tan poco caldeado el espíritu? ¿Para qué tanto si a veces tenemos seco lo que verdaderamente importa? A Antonio no le hace falta ningún móvil para comunicar-se. Su presencia es una Comunicación. No es artesanía sólo de esparto lo que hace Antonio; es artesanía de la vida lo que he aprendido de él. El esparto es sólo una excusa en su vida para entregarse, para amar la sencillez y el silencio. Antonio ya no puede hacer las labores de esparto que tanto le han acompañado en su vida, pero, ¡qué más da!. Ahora está aprendiendo a vivir en silencio y en quietud (¡aún nos queda a nosotros mucha tarea!). Vas por delante en finura, Antonio, como cuando en tus tiempos hacías las labores cotidianas de esparto tan cuidadas y acariciadas por el esmero. Sus manos ya no le responden -como él dice- y esto es duro. No olvidaré el último día que Antonio pudo coger los "esparticos" para enseñarme una vez más. Y es duro, si cabe, más para nosotros que para ti, Antonio, pues no podemos verte trabajando cadenciosas tus manos menudas. Era para mí un tiempo musical el verte trabajar y ¡cómo recuerdo esos momentos! Tuve la dicha fortuita -como todos los regalos- de conocerlo en la primavera de 1997. Fue en "El Campo de San Juan" (noroeste murciano), donde ha vivido siempre. Desde entonces, la relación con él ha sido muy estrecha hasta hoy, con sus 93 años a las espaldas. Es pequeño, menudo, pero en espíritu es grande. En su conversación no hay pliegues, no hay vericuetos; es rectilíneo, llano, como su misma estampa. Ha hecho de todo, ha regalado todo lo que sabe. Hombre puro de campo, era el que cortaba el pelo, ponía inyecciones, y trataba de salir al paso de las necesidades de sus vecinos. Hasta llegó a sacar de un apuro al encargado de la obra cuando trabajaba en Madrid; se subió a lo alto de la grúa porque se había enganchado el cable. No se paraba ante nada, no "atrancaba" como decimos por aquí. ¡Ójala tu presencia, Antonio, nos ayude a todos a hacer este mundo más humano y vivible! Gracias por el encuentro contigo, Antonio.
|
|
![]() Paco es un buen hombre. Le ha hecho la Vida y la tierra en Jumilla, en compañía de su mujer, Pilar. Después de estar toda la vida trabajando en el campo como pastor y agricultor, en el momento de jubilarse a los 65 años decidió poner en juego lo que sabía sobre el esparto. Y todo simplemente porque se resistió a que el tiempo pasara por encima de él. Seguramente pensó: "ahora me toca a mí decidir lo que hago", y se puso manos a la obra. Después de tratarle la primera jornada, no sé si es más lo que sabe del esparto o lo que sabe de la vida. Tiene en sus huesos la marca del campo, del monte, del propio esparto. Tiene sus raíces ancladas en la tierra, como el pino de su casa. Es un aldeano de raza. "No sé cómo hemos dejado perder esto. Era nuestra vida y nos libró de pasar mucha hambre. Con el esparto podíamos comer todos los días". "Tenemos que pensar bien lo que estamos haciendo". Esparteñas, sogas, cofines, capazos, garrafas, serones, aguaderas, alfombras, barjas... y hasta la ropa para vestirse. Los carros, en tiempo de frío iban envueltos materialmente en esparto rodeando la caja donde se ponían las personas. El esparto era todo, "nos protegía del hambre y del frío". Después del trabajo diario, a la luz de los candiles -antes- y después a la luz del carburo, se terminaban las labores deterioradas en la jornada y las que se necesitarían para mañana. Al tiempo, en la penumbra de la noche se perfilaban las relaciones humanas al calor del hogar. Amigo-a lector-a, no estás en una novela, estás en las entrañas de una de tantas personas que han vivido esto y dan fe de lo que nos transmiten. ![]() Estas son algunas de las preciosas labores que Paco va entretejiendo todavía al calor de la lumbre o en ese "Rincón de la historia" en donde ahora le vemos. |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|